sábado, 5 de noviembre de 2011

Nuevos mitos, leyendas y profecías: medicina para nuestra historia

©Por Colibrí de Oro

Cada mujer es un mito, cada hombre es un mito, cada historia de vida contiene en su esencia una leyenda única y original.
Mi labor como poeta, escritora e investigadora, guardiana del sendero sagrado del aro iris, me ha enseñado que podemos crear nuevos mitos, leyendas y profecías, a partir del conocimiento profundo de nuestra historia de vida; y que estos relatos, firmemente enraizados en la sabiduría ancestral, y al mismo tiempo constituidos como obras poéticas originales, logran ser una luz que guía, sana y transforma, tanto el destino personal como el destino de nuestras familias, de nuestros pueblos y de la humanidad entera.
He escuchado muchas historias de vida con el propósito de retratar la esencia de los otros, ya sea a través de una cámara de cine, de un relato literario o de un canto de poder. Ahora comprendo que es en aquellos retratos mitopoéticos donde por primera vez se cristaliza en mí la posibilidad de crear nuevos mitos, leyendas y profecías. Cada vez que una persona me cuenta su vida, yo siempre me empeño en quedar samai con ella. Quedar samai es un vocablo Inga que significa quedar con el aliento del otro en el corazón. Así que al lograr quedar samai con muchos otros, pude ver que, más allá de las circunstancias externas que marcan el destino de un individuo, cada historia de vida contiene dentro una verdad propia sin la cual la memoria colectiva y los sueños que nos unen estarían incompletos.
Los caminos recorridos por las mujeres y los hombres que he entrevistado se han convertido de pronto, ante los ojos de mi alma, en auténticos legados heroicos y en irrepetibles metáforas de la historia de la colectividad. Pero lo más revelador de todo ha sido descubrir que al oír la historia del otro es como si mi propia historia comenzara a hablar, como si cada retrato que hago del prójimo fuese una nueva versión, hasta entonces oculta y desconocida, de un misterioso, caleidoscópico e inconmensurable autoretrato.



El poder del mito, la leyenda y la profecía

La memoria antigua y los ensueños proféticos de la humanidad han sido preservados, generación tras generación, por relatos fundacionales que nos recuerdan el principio del cual provenimos, la esencia de nuestro ser individual y colectivo, y la verdad interior que nos define como una identidad propia. Estos relatos llevan el nombre de mitos, leyendas y profecías. Todas las culturas, en todas las épocas y en todas las regiones del planeta, han fundamentado su cosmovisión en un mito de origen, a través del cual explican la creación del mundo y el lugar que ocupa el ser humano dentro de éste; asimismo, han gestado leyendas de personajes heroicos que encarnan los ideales más altos de su comunidad, y que han pasado a la Historia como modelos ejemplares de vida y obra para todo un pueblo.
El mito, la leyenda y la profecía son los primeros relatos de nuestra especie. El ser humano histórico tiene su origen en ellos, teniendo en cuenta que la Historia comienza a existir en el momento en que el individuo aprende a narrarse a sí mismo y a narrar el mundo en el que vive. Como principio de todos los demás relatos, como raíz esencial de nuestro pasado, presente y futuro, el mito, la leyenda y la profecía se constituyen, desde las culturas arcaicas hasta nuestros días, en los cimientos de la identidad de los clanes, las tribus y las naciones.
En la antigüedad, dichos relatos eran la base estructural de la religión, del arte, de la ética y de la pedagogía. Eran, a su vez, un hilo conductor entre las distintas generaciones de un determinado linaje ancestral, y por lo tanto, como brújula indispensable, cumplían la misión de encauzar la herencia espiritual de los pueblos. Hoy en día, el lenguaje mitopoético es un tesoro prácticamente olvidado. Si acaso lo vemos como una exótica pieza de museo, que muy rara vez aparece para traernos la memoria fantástica de nuestros antepasados culturales, pero lejos estamos de recordar que no es una lengua muerta, que está viva, tan viva como la respiración del océano o la fragancia de las flores. De hecho es una de las lenguas más vivas que existe, porque mora en el fondo de todos los seres y de todos los mundos; a través de ella se comunican los espíritus de la naturaleza con los sueños de los hombres, y el aliento secreto del Principio se hace huella en la voz del porvenir. Es un alfabeto impreso en nuestros genes; al despertarlo recordamos cómo se habla desde la médula del árbol de la vida, cómo se escucha al otro en la mente de los Dioses y cómo se canta cuando el Gran Vacío Primordial nos ha silenciado.
La sabiduría ancestral nativa de América, cuya esencia he tenido la fortuna de conocer a profundidad, me ha enseñado que la grandeza, longevidad y buenos frutos de un árbol se miden de acuerdo a sus raíces. Entre más alto llegue la copa al cielo más profundo ha de estar enraizado su origen a la tierra. Si se quiere volar lejos, sin hacer daño a nada ni a nadie, hay que amar y cuidar las raíces. Y nuestras raíces más largas son las primeras naciones que poblaron el territorio donde nacimos, es decir las culturas indígenas, fieles guardianas de la madre tierra y de todos sus secretos, entre los cuales está el mito, la leyenda y la profecía. Si no fuese por la sabiduría de nuestros primeros ancestros, la vivencia de este lenguaje mágico, poético y medicinal, ya se habría extinguido hace mucho en nuestro continente.
En América Indígena el mito, la leyenda y la profecía siguen estando presentes, en los pensamientos de la naturaleza que registran a diario las mujeres arhuacas cuando tejen mochila, en la palabra de consejo que el hombre sentado trae a la comunidad amazónica en su rol de pontífice de las leyes divinas, en el tambor de la anciana machi cuyo pulso despierta la historia esencial de la nación mapuche, en el ayuno ritual del joven cheyenne quien en ceremonia de búsqueda de visión recibe la guía de su imagen tutelar, en el poema de la abuela inga escrito en el chumbe como legado para las próximas siete generaciones, en el baile de maloka donde se reúnen los diversos clanes de la etnia uitoto para representar en cantos y danzas los orígenes mitológicos de su identidad cultural, en el relato oral que el mamu comparte en la kankurua para curar el mal de algún enfermo, en la laguna sagrada de Iguaque donde los guardianes espirituales del territorio muisca protegen la honra de la Diosa Bachué.
Hay una matriz semiótica que unifica la diversidad natural, étnica y cultural de nuestro continente, recordándonos quiénes somos en esencia. Durante milenios, la sabiduría de las culturas indígenas ha puesto de manifiesto, por medio del lenguaje mitopoético, la red de símbolos propios de esta matriz.
Creando y recreando mitos, leyendas y profecías nuestros ancestros han contribuido a la limpieza del inconsciente colectivo, nos han purificado de los malos sueños y pesadillas que nos persiguen, y han conjurado el buen sueño que duerme en lo más profundo del alma de la tierra. Para ellos el mito es un conjuro, un consejo que le entrega el anciano al aprendiz, con el fin de mantener, corregir o reordenar la conexión con las leyes de la naturaleza y el cosmos.


Nuevos mitos, leyendas y profecías, nueva cultura

Una nueva Historia está por nacer. Esa nueva historia ha de estar enraizada en nuevos mitos, leyendas y profecías. Es hora de recobrar el conocimiento antiguo y de vestirlo con un nuevo traje, único e irrepetible, en cada voz, en cada destino. Hoy más que nunca la humanidad está necesitada de nuevos relatos que recuperen la memoria común y que den vida a sueños colectivos; el porvenir de las próximas generaciones depende en gran medida de ellos.
La desorientación que caracteriza la vida actual del hombre y la mujer, sobre todo en las grandes ciudades, se debe en gran parte a la falta de conexión con los propios ancestros y sus respectivas mitologías. En el mundo contemporáneo ya no hay memorias orales que guarden los valores, virtudes e ideales propios de nuestras familias, ni relatos heredados, generación tras generación, que den cuenta de las victorias que alcanzaron nuestros antepasados. Es muy poco lo que conocemos acerca de la historia de vida del propio linaje, y por lo común, hay una tendencia generalizada, sobre todo en los jóvenes, a encontrar la pertenencia al clan o a la tribu fuera del ámbito familiar.
Hemos perdido los cimientos. O más bien, ya no creemos en los cimientos que nos legaron las familias, las tradiciones culturales y las grandes religiones; al parecer porque encontramos en su médula estructural demasiados fallos. Puede ser el aliento de la posmodernidad con su ola de escepticismo y sana crítica a las verdades absolutas. Puede ser el temor a caer en fanatismos producto de una fe ciega a ideales mesiánicos que sólo nos conduzcan a más guerras, más violencia, más injusticia social. Pero lo cierto es que sin raíz, sin memoria común, sin sueños colectivos no habrá solidez ni equilibrio en nuestro mundo. Negar la herencia moral o espiritual puede ser un paso necesario en el adolescente que busca encontrar sus propias creencias y su propia voz, pero el adulto ya comprende que no es posible cortar las cadenas que ataron a sus padres con la simple decisión de darles la espalda, porque ellas seguirán acosando, persiguiendo, asfixiando, hasta que no sean vistas como lo que son en realidad: larvas y orugas, que solo al aceptarse a sí mismas por completo pueden iniciar su proceso de metamorfosis hacia la mariposa de la libertad.
Las abuelas y los abuelos de diversas tradiciones nativas de América, en comunión con guardianes de tradiciones ancestrales en otros continentes, coinciden en que la historia de la humanidad atraviesa un período crucial de muerte y renacimiento, en el cual comenzamos a despertar a un nuevo estado de conciencia, tal como está escrito en los antiguos mitos, leyendas y profecías de todo el mundo. Los relatos orales propios de la tradición maya, inca y hopi, entre otros, guían en este momento trascendental a diversos grupos e individuos, para que logremos prepararnos adecuadamente y así realizar el cambio en paz, unidad y respeto con todos los seres vivientes. Ensoñados hace cientos de años, dichos relatos visionarios, ya conjuraban la realidad que estamos viviendo. Así obra el poder del mito, la leyenda y la profecía.
“Fin de la historia”, le llaman los autores posmodernos a nuestro tiempo. Fin de una larga historia y comienzo de una nueva humanidad, dirían las profecías indígenas de América. Lo cierto es que asistimos al derrumbe de las viejas estructuras que han sostenido nuestro mundo desde hace milenios, y que de las ruinas de ese mundo que agoniza, nace un nuevo hombre y una nueva mujer; nace un ser humano que se crea de nuevo a sí mismo, y que al crearse de nuevo a sí mismo crea una nueva cultura.
Quizá nos cuesta identificarnos con muchos mitos y leyendas que hemos leído o escuchado, porque precisamente esos mitos y esas leyendas son el fundamento de las civilizaciones que hoy decaen. No es casual que por ejemplo en las culturas herederas de occidente estén tan enraizados en el inconsciente colectivo la culpa, el pecado y el castigo, si tenemos en cuenta que el mito de Adán y Eva es uno de los grandes cimientos de la institución religiosa judeocristiana, y por lo tanto de la sociedad heredera de Occidente.
Para bien o para mal, los mitos nos guían. Son una explicación del mundo que representa una cosmovisión particular, un universo propio que al permanecer en el reino de la ensoñación de una colectividad adquiere un carácter genésico y mágico.
La nueva mujer y el nuevo hombre somos nosotros. Somos nosotros los llamados a crear nuevos mitos, leyendas y profecías que funden una nueva realidad para las futuras generaciones, tal como en el alba de las sociedades actuales nuestros antepasados fundaron la realidad que hoy en día estamos viviendo.


Creando el mito propio y la leyenda familiar

Muy adentro, en mi corazón, he escuchado un nuevo amanecer de voces antiguas, llamándome. Son como campanas habitantes de una gran flor de luz hecha de raíces, como un río virgen ofreciéndome su barca de oro en medio de la selva ignota, como un camino secreto hacia la montaña sagrada. Ellas me han llevado de vuelta a la esencia más profunda de mi propio ser, y allí palpitando en el centro de mí misma y del mundo, han traído la memoria de otras voces. Mi familia, mi clan, los lugares sagrados del territorio donde nací, mi tribu, mi nación, y el camino esencial de toda la humanidad, han comenzado a hablar su verdad dentro de mí. He recordado entonces que la herida de ellos es mi misma herida, que sin su sanación no es posible mi sanación, y que sólo cuando canta todo el bosque es señal de que ha amanecido.
Crear el mito propio y la leyenda familiar significa conectarnos con nuestra propia verdad, con nuestra propia explicación del mundo. El corazón del presente histórico ya no nos habla de grandes verdades ni de grandes salvadores de la humanidad, nos habla por el contrario de la verdad de cada uno y del respeto por la verdad del otro. El reto en la época actual es lograr la unidad en la diversidad, reconociendo que cada ser individual y colectivo es una voz única, pero que solo entretejiendo todas las voces en un mismo mandala sonoro lograremos crear la puerta hacia el buen sueño que nos ensueña, desde el origen más incognoscible.
La historia de vida es el material del mito y la leyenda. Conocer la historia es conocer la identidad. Cuando yo creo mitos y leyendas conozco mi historia personal, familiar y cultural, y recuerdo que son una sola, que mi historia es nuestra historia. Muchas veces negamos, nos duele o no comprendemos la propia historia. Hay traumas, heridas y equivocaciones que no quisiéramos reconocer como parte de nuestro camino. El mito propio y la leyenda familiar son medicina, precisamente porque sanan esos dolores, esas zanjas que nos mantienen atados al pasado, transmutándolos en comprensión, en perdón, en libertad, en un nuevo mundo porvenir.
Creando el mito propio y la leyenda familiar dejamos de ver nuestra historia de vida dentro del rol de víctimas, verdugos o salvadores de causas intrascendentes, para hacernos dueños y protagonistas de una nueva historia, donde nos asumimos como divinidades creadoras, responsables de nuestro propio destino y del destino de toda la humanidad.
Dicen las abuelas y los abuelos indígenas que el primer círculo que hay que sanar es la familia. O como nos recordaría en uno de sus libros Alejandro Jodorovsky, a partir de una cita de Jean Cocteau: “un pájaro canta mejor en su árbol genealógico”. En este sentido el mito propio y la leyenda familiar nos enseñan un camino para crear tradición, a partir del rescate y la restauración de los valores fundamentales que caracterizan a nuestro propio linaje.
La nueva cultura empieza en el núcleo familiar. Así que primero es necesario quedar samai con nuestra tribu, tanto biológica como espiritual, para después sí, bien enraizados en nuestros orígenes, unir nuestras ramas y raíces a otros bosques y a otras tierras, sin el peligro de extraviar en ellos nuestro propio centro.

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